viernes, 29 de abril de 2011

Salud laboral

foto: medycsa
Hoy he recibido un correo (ayer, cuando leáis esto) avisándome de que se celebraba el día de la salud en el trabajo. Entre otras cosas, decía que la segunda causa de baja por enfermedad se debe a enfermedades mentales. Aunque tengo claro que la locura de algunos de mis compañeros puede ser causa de baja (más mía que suya) se referían a enfermedades como el estrés y la ansiedad. ¿Tan estresados estamos? ¿Se ha apoderado de nosotros el desánimo y la desesperación?

Últimamente reina un ambiente de malas caras y desánimo. Al margen de las congelaciones salariales e inestabilidades varias, es cierto que a veces la negatividad hace que la pelota se haga más grande. Por muy estresados o mucho trabajo que tengamos siempre hay tiempo para un por favor o un gracias e incluso, para los más osados, para sonreír un poco de vez en cuando. Yo soy la primera en protestar o en poner mala cara cuando hay que hacerlo pero ser desagradable o rancio sin motivo entre los propios compañeros lo único que hace es que el día se haga peor y más largo.

Hoy, por ejemplo, en diez minutos de ausencia del jefe nos hemos marcado una conversación sobre ropa interior, amantes y maridos de lo más entretenida. Unos minutos de bromas y risas que le han dado otro punto a la tarde. Mi compañera Violeta siempre remata este tipo de conversaciones diciendo “Ay, si no fuera por estos momentos”. Y es cierto, no podemos estar 8 o 10 horas con el estrés a tope haciéndonos los importantes; hay que parar, mirar al de al lado, soltarle una chorrada y reírte un rato.

Creo que eso no va ligado a la productividad ni a la profesionalidad; somos personas, no máquinas y si mi jefe aparece con la bragueta bajada o con perejil en el bigote y no puedo comentárselo a mi compañera de al lado y echarnos unas risas, pues me dirás tú.

Obviamente, hay situaciones complicadas que no son para tomárnoslas a risa, pero a veces reírse de nosotros mismos y relativizar las cosas puede conseguir bajar un poquito nuestro nivel de estrés y que el próximo año celebremos el día de la salud en el trabajo con mucho de las dos cosas.

miércoles, 27 de abril de 2011

El morbo de lo desagradable

En estas mini vacaciones de Semana Santa he estado unos dias en la playa (bueno en la playa realmente uno y medio, porque vaya tiempo...) y me ha vuelto a ocurrir algo que me pasa desde hace tiempo y que, por lo visto, es bastante común. Y es que cuando algo no me gusta no puedo dejar de mirarlo.

Es curioso como nos atraen las cosas que nos desagradan. Aunque no queramos, es inevitable mirar una y otra vez a esa señora octogenaria que luce en la playa su generoso busto al aire y sin tapujos y cuyo semidesnudo hace que la ceguera parezca un mal menor. Pese a ello miramos. También pasa con el señor maduro y entrado en carnes que para que no se le marque el bañador ha decidido bajárselo un poco, lo suficiente para enseñar al mundo el inicio de su baja espalda. ¿Realmente es fundamental que la marca del moreno esté 1centímetro más abajo?

¿Y esas señoras que por primera vez en su vida (o al menos eso espero) se ponen un tanga para no tener marcas? Yo jamás me he atrevido y creo que no me atreveré, que con lucirlo en la ducha de momento tengo bastante, pero ellas se pasean sin complejos con sus hipnóticas y blandas posaderas. ¿Quién puede contener la mirada durante sus paseos matutinos?

Pero como decía, esto no pasa sólo en la playa. Con las noticias, por la calle... cuanto más desagadable nos resulta algo, más miramos. Como cuando ves en la calle una pareja de cincuentones besándose a la francesa como si lo fueran a prohibir,y tú, por supuesto, miras. Y después encima nos preguntamos por qué habremos mirado; pues muy fácil,  porque somos unos cotillas morbosos.

martes, 26 de abril de 2011

Cuarentones y guarrones (por no decir otra cosa)


El otro día una amiga me contó la espeluznante conversación que había mantenido con una panda de hombres cuarentones. Mientras fumaban en la calle (al final va a tener la culpa la ley del tabaco), ellos fanfarroneaban diciendo que a partir de los 40 los hombres, casados o no, sienten la necesidad de mantener relaciones con distintas mujeres, que es algo instintivo que no se puede evitar. Bien, gran argumento. Decían las joyitas que mi amiga no podía entenderlo porque aún no había cumplido los 40. Ella les preguntó si esa teoría era válida también para sus mujeres, a lo que por supuesto el líder de la manada contestó con un "no es lo mismo".

En el caso hipotético de que alguna mujer en su sano juicio (y sin cobrar) accediera a tener relaciones con esta panda de casposos garrulos, desconozco el motivo por el que se dedican a alardear de ello; supongo que creen que pensamos lo machos que son, cuando lo que nos despiertan es más asco que otra cosa. Esta misma amiga (la pobre, lo que sufre...) me contó que en un viaje de trabajo uno de los asistentes le confesó de buenas a primeras que era un hombre muy sexual y que por eso no se ataba a ninguna pareja. Salvando el hecho de que probablemente esa no es la razón de que no tenga pareja... ¿qué narices significa que es "muy sexual"? y lo que es peor ¿a mí que me importa?

Siento decirlo y no quiero generalizar pero a partir de cierta edad hay mucho ridículo suelto, esos que se acercan a ti en un bar a decirte que con su experiencia te pueden enseñar lo que es disfrutar. Desde luego, disfrutaré cuando te vayas, abuelo. Los mejores son esos "maduritos" con dinero, que tienen la extraña teoría de que caerás a sus arrugados pies en cuanto te inviten a una copa. Hombre, una cosa es la erótica del poder y otra es esto. Señores, por favor, no alardeen de sus conquistas, no nos expliquen cuánto éxito tienen, ni lo grande que es su casa o su cartera... da bastante pena.

El argumento de los compañeros de cigarro de mi amiga se basaba únicamente en su testosterona. Muy machotes para decir que a su edad necesitan probar otras cosas y acostarse con mujeres a menudo. Me pregunto si serán igual de machotes para hablarles de estas necesidades a sus mujeres.

lunes, 25 de abril de 2011

Productos de temporada

Esta semana santa he conseguido esquivar las torrijas. La verdad es que no me gustan especialmente pero con tanto bombardeo torrijero es difícil que no caiga alguna. Más aún cuando mi madre se ha dedicado a mandarme fotos por el móvil (por fin ha aprendido) con platos y platos llenos de torrijas para intentar que vaya a verles. Soborno a base de dulce, vaya.

No sé muy bien cómo ni cuándo este dulce se convirtió en un postre típico de semana santa pero si tanto gusta, ¿por qué no se toma el resto del año? Alguna vez se lo he preguntado a mi madre y la respuesta fue algo como "porque no pega". Como comprenderéis su argumento me desmontó por completo. Entiendo que, por ejemplo,  tomar polvorones en agosto es un acto solo para valientes, pero ¿por qué no puedo comerme un trozo de roscón en septiembre o en abril? Creo que está totalmente desaprovechado, con lo bueno que está y sólo un par de días al año para comerlo. ¿Será cosa de los panaderos? puede que sea porque si hay todo el año dejaremos de apreciarlo o algo así y por eso nos torturan teniendo que hacer cola para comprar un roscón con nata el 5 de enero.

En casa de mis padres, sin embargo, se produce un inquietante suceso. Todos los días del año, da igual que sea enero que mayo, puedes encontrar una tableta de turrón en la nevera; eso sí, cada vez de un asabor diferente, que en la variedad está el gusto. Las frutas, verduras y otros prodctos similares pueden tener su temporada y ser más propios de verano o de invierno, pero ¿alguien puede decirme por qué en verano no hay Ferrero Rocher? Creo que es puro marketing y piensan que así echaremos de menos estos bombones en las fiestas en casa del embajador y desearemos que termine el verano lo antes posible para volver a disfrutarlos.

Con tanto hablar de dulces me está entrando hambre. No sé si ir a ver a mi madre por si le queda alguna torrija o exigirle al panadero que me hornee un roscón de reyes, a riesgo de que me tachen de loca por ir en contra de la tradición. ¡Por unos postres libres y atemporales!

miércoles, 20 de abril de 2011

Viajar en tren es un placer


Llevo un par de días de sequía blogueril, no porque esté de vacaciones sino por exceso de trabajo. Hoy, por ejemplo, mi despertador ha sonado a las 5 de la mañana porque tenía que coger un tren a Barcelona muuuy temprano. Ingenua de mí, preferí el tren porque durante las 3 horas de placentero viaje podría dormirme a plena satisfacción y llegar a mi destino contenta y descansada. Lo que no sabía es que los elementos se pondrían en mi contra. Nada más sentarme, ya acomodada para echar una cabezadita, las jotas aragonesas del hilo musical me han desvelado. Amigos de Renfe, es hora de modernizarse.

En fin, cuando las jotas han cesado, una pareja de ciudadanos chinos, en los asientos contiguos, han decidido escuchar uno a uno todos los tonos de sus móviles, canciones que me resultaban familiares pero que eran interpretadas por un cantante chino de dudoso talento. Juraría que he escuchado Bulería buleria, de Bisbal, en el idioma mandarín. Al minuto de apagar el móvil, el chino ha caído en un sueño profundo y un ronquido mortal, de esos ronquidos un poco espeluznantes que parece que vienen de ultratumba.

Entre eso y la conversación de los dos "empresarios" que tenía detrás, que iban decidiendo en que mes del año sería mejor despedir a unos cuantos empleados (una conversación preciosa), finalmente he asumido que no iba a pegar ojo en todo el viaje.

A la vuelta, ya no me han pillado, no me he hecho ilusiones con una posible siesta y directamente he sacado el libro, me he comprado una revista y me he puesto los cascos para ver la película, nadie podría estropearme el viaje... Ilusa. En esta ocasión algo terrible me esperaba a la vuelta de la esquina... un niño!! Me han colocado en una de esas mesas para 4 personas y casualmente mi compañero de enfrente era un repelente niño de 11 de años y el de al lado un señor mayor que olía a rancio y que llevaba una camiseta tan corta que cuando se ha estirado para colocar su maleta me ha puesto sus pechos en la cara; creo que era su abuelo aunque la criatura le llamaba Antonio, serán muy modernos.

El simpático niño me ha dado unas 250 patadas durante el trayecto, no ha parado de hacer preguntas y se ha comido un bocadillo de lomo de medio metro en mis narices mientras yo engañaba al hambre con una galleta, maldito niño. Cuando ha terminado la película, aun a una hora de Madrid, la criatura se aburría y a su abuela se le ha ocurrido la brillante idea de jugar a las palabras. Una hora entera escuchando al angelito hacer trampas y canturreando a voz en grito cientos de palabras inventadas. No sé por qué pero me han entrado de repente unas ganas irrefrenables de asesinar. Afortunadamente he conseguido contenerme y llegar pacíficamente a casa donde, por fin, he podido dormir a gusto; está claro que como en casa no se está en ningún sitio. Felices vacaciones a todos!

viernes, 15 de abril de 2011

El boicot de los espejos de baño

Un día, los fabricantes de espejos para baños se aliaron con los vendedores de cremas y cosméticos para impulsar la venta de productos embellecedores, y decidieron que todos los espejos de los baños del mundo nos harían parecer horrorosas.

Da igual que ese día te hayas levantado descansada, que te sientas bien, que en los escaparates y espejos que te has encontrado por la calle te hayas visto favorecida… cuando llegues a casa y te mires en el espejo del baño estarás fea y ojerosa.

Estoy convencida de que es un complot para que no nos confiemos y para que al final del día, mientras te lavas los dientes antes de irte a la cama, ya sin maquillaje, seas consciente de que el tiempo pasa y de que al contrario de lo que pensabas, no eres como el buen vino.

Quizá me estoy poniendo un poco deprimente pero ¿alguien se ve bien cuando se mira en el espejo de su baño? Yo he optado por arreglarme en el pasillo, porque terminaba todos los días pintada como una puerta para disimular todas las imperfecciones que aparecían de repente.

Mi amiga Mª José redecoró hace poco su casa y me comentó que había puesto unas luces especiales en el baño para no verse tan fea por las mañanas, que el problema era la iluminación. Se ha gastado una pasta y, la verdad, es que en su baño me vi tan fea como en el mío. ¿Seré yo? ¿Me estaré afeando por momentos?

Pero si el del baño tiene la propiedad de afearte, los espejos de los probadores te hacen más delgada. ¿O no os pasa que en los probadores cualquier pantalón ajustado os queda estupendo y cuando os lo probáis en casa parecéis una morcilla? Los del gimnasio, por el contrario, te hacen parecer más ancho (o eso me han contado) para que te veas los músculos más grandes (supongo que esto es sólo para los tíos).

Con tanta manipulación de la imagen yo ya no sé que creer; quizá soy fea, quizá delgada, quizá gorda… Así que esta noche tendré que vérmelas de nuevo con mi espejo del baño y resolver esto de una vez: o dejo de verme los poros de la cara como si fueran plazas de toros o lo pinto de colores y lo convierto en un cuadro pop art.

jueves, 14 de abril de 2011

Superdescuentos

No sé muy bien cómo ni cuándo pero, de repente, han aparecido decenas de páginas que bombardean mi email con ofertas de todo tipo. Menú para dos en un lujoso restaurante a mitad de precio, depilación láser, viaje de aventura a Cantabria e incluso sesiones de botox… todo ahorrándote decenas o cientos de euros.

Será que me he vuelto escéptica pero ando con la mosca detrás de la oreja con todas estas ofertas. ¿Cómo es posible que algo que normalmente cuesta 300 euros me lo ofrezcan por 60? Dicen que es para captar clientes, pero ya te digo yo que si has pagado 60 euros por unas sesiones de mesoterapia, después no pagas 300 ni de broma. Entonces, si realmente te pueden ofrecer esos productos o servicios tan baratos, ¿te están tomando el pelo cuando te cobran el triple?

Como la carne es débil y tacaña, yo he probado ya un par de ofertas, una para cenar en un restaurante y la otra para un masaje. El restaurante era un Indio en el que te ofrecían un menú degustación por 9,90, cuando llegamos allí vi que el mismo menú costaba 9,80; lo que sin duda me supuso un gran ahorro…

Hay que reconocer que nos encantan las ofertas; yo tengo en mi poder una tarjeta con el 20% de descuento en algunas tiendas y, aunque no tenía pensado comprarme nada, estoy deseando irme de compras y ahorrarme unos eurillos mientras el resto paga el precio completo. Efectivamente somos unos pringaos y nos dejamos engañar por estos sencillos trucos marketinianos. Si en un escaparate hay un cartel con las palabras descuentos, ofertas o rebajas, ¿quién se resiste a asomarse?

En fin, que aunque tenga mis reservas, probablemente seguiré “picando” con las suculentas gangas de estas webs y acabaré haciéndome la depilación láser en todo el cuerpo por 30 euros o un alisado japonés por 25, a riesgo de terminar como un pollo frito medio calvo.