miércoles, 1 de junio de 2011

La marca de la vacuna


El otro día me dijo un amigo que había un rasgo que el servía para diferenciar entre las jovencitas y las que ya están fuera de su área de interés: la marca de la vacuna. Resulta que, por lo visto, a partir de una edad, las vacunas dejaron de parecer hoyuelos y las que tienen la marca en sus brazos para él son mayores. Pues bien, no sé si por una gracia del practicante o porque no soy tan joven como pensaba yo también tengo marca de la vacuna.

Cuando le enseñe a mi amigo mi marca vacunera, acompañada de una inquietante cara de perro por llamarme vieja, intentó rectificar, pero ya era tarde. Estoy marcada. Jamás se me habría ocurrido que pudiera ser un rasgo de vejez. Lo curioso es que mis hermanos son mayores que yo y no la tienen. ¿Será que la practicante, ante un bebé tan mono como yo, no pudo contener su envidia y me marcó para siempre? Maldita loca. 

Lo que me ronda ahora la cabeza es que si, a parte de la marca de mi brazo, habrá algún otro rasgo que, sin darnos cuenta, va dando pistas a los demás de nuestra edad. Yo para despistar me he comprado una camiseta con el lema “cosecha del 86” a ver si así cuelo por una de 25… Creo que también debería abrirme un perfil en tuenti, que eso te quita años seguro, y llevar una carpeta allá donde vaya, que da un aspecto de lozana estudiante juvenil.

Pero pese a todos mis esfuerzos siempre habrá algún individuo que se percate de que estoy marcada como las vacas y pensará que a pesar de mi atuendo veinteañero la marca de la vacuna delata que ya no cumplo 30. Y lo peor es que no es cierto! ¿Habrá algún grupo de ayuda para las marcadas con la vacuna cuando ya no correspondía? ¿Podremos pedir algún tipo de indemnización al estado español?

De momento he encontrado la solución: camisetas de manga larga. Y debe funcionar porque el otro día en la peluquería me preguntaron si me hacían el descuento por ser menor de 25, casi se me cae una lágrima.

lunes, 30 de mayo de 2011

Dinero plastificado

Hace unos años la tarjeta de crédito se convirtió en un apéndice de mi persona y con tanta tarjeta por aquí y por allá, hasta llegué a olvidar el color de algunos billetes.  A mí, que todavía tengamos que andar pagando con billetes y monedas me parece un atraso. Alta tecnología por todas partes, televisiones 3D, cámaras microscópicas... y en muchos sitos todavía hay que pagar en efectivo.

Yo soy de las que se indignan cuando en un restaurante cuelgan el bonito cartel de "no se aceptan tarjetas de crédito" pero, ¿por qué? ¿Es para desfalcar más cómodamente? La última vez que un camarero me señaló gentilmente el cartelito cuando intenté pagar con la tarjeta tuve que recorrer medio Madrid en busca de un cajero, parece que te están provocando para que te vayas sin pagar. Pero afortunadamente, los tiempos cambian y poco a poco los tarjeteros como yo estamos ganando la baza a los billetistas.

Un ejemplo de que otro mundo es posible es que los que traen las pizzas a mi casa ya vienen con el datáfono incorporado. Sí señor, eso sí es servicio al cliente! ¿Quién no ha querido pedir alguna vez comida a domicilio y se ha dado cuenta de que no tenía dinero? Después de la pizzería, probé con el chino, y también traen datáfono, eso sí, menos moderno, porque la pobre china tuvo que entrar en mi cocina para enchufarlo...

Y es que no entiendo que existan los códigos bidi y la tecnología 4G pero a nadie se le haya ocurrido investigar cómo puedo pagar mi compra del Mercadona con el móvil o, por qué no, con la huella dactilar. Así se evitarían muchos problema; nada de billetes falsos ni robos en los cajeros, dedo índice preparado y a comprar. Además, así las cajeras del Día no te dejarían ningún céntimo a deber, con lo que supongo que la cadena de supermercados se iría a pique.

Bueno, como esto aún no ha llegado, me toca darme un paseo hasta el cajero que mañana tengo que pagar el "numerito" del coche en efectivo. Que pasen estas cosas en el siglo XXI...

viernes, 27 de mayo de 2011

Atuendo deportivo



No sé si será por el miedo a las carnes flácidas, pero el caso es que llevo una temporada (un par de semanas) haciendo deporte. Bueno, no salgo a correr todos los días ni nada de eso (no voy a pasar de 0 a 100 de repente…) pero para el deporte que acostumbro a hacer, puedo decir que estoy bastante activa.

El principal problema ha llegado cuando me he dado cuenta de que no tengo ropa adecuada para hacer deporte. Los primeros días me apañé con unas camisetas muy monas que ya no me pongo y una especie de pantaloncillos muy apañados, pero el caso es que si mi interés por el deporte continuaba, era necesario ampliar el vestuario deportivo. Como puedo gastarme 100 euros en unos zapatos pero no más de 12 en ropa para hacer deporte, he ido a Decatlón, esa maravillosa cadena de tiendas en las que algunas personas (raras) hasta disfrutan.

Me he dirigido directamente al pasillo “textil femenino” pensando en no dedicar más de 10 minutos a la ardua tarea de comprar dos camisetas y unas mallas. Ingenua de mí. Cortas, largas, de colores, más gordas, más finas, de tela transpirable… y todas, por supuesto, feas. ¿Es necesario dar miedo para hacer deporte? ¿Será un requisito indispensable?

Tras recorrer los pasillos una y otra vez, he terminado en el probador con 18 pantalones. Gracias a ellos, he descubierto michelines que no sabía que tenía y me he dado cuenta, una vez más, de que le deporte no está hecho para mí. Pero como no estoy dispuesta a que unas simples mallas ajustadas puedan conmigo, he seguido probando hasta encontrar las menos malas, que combinadas con una camiseta lo suficientemente larga para tapar la cartuchera pero no tanto como para que parezca un camisón, he encontrado por fin, mi look deportivo. Será la adrenalina del deporte pero, aunque con esta pinta soy como una mezcla de un yonki y un rapero, es ponerme esta ropa y sentime más tonificada. Estoy deseando estrenarlo mañana. Así que si veis por ahí a una loca corriendo como un pato con unas mallas y una camiseta de tejido ultratranspirable que le llega por las rodillas, saludadme, soy yo.

jueves, 26 de mayo de 2011

Gustos inconfesables

El otro día una amiga (de la que no revelaré el nombre) me confesó que le encanta el reguetón y que cuando escucha a Don Omar se le erizan los pelillos de la emoción. Me pareció una actitud muy valiente porque, a veces, nos cuesta hacer este tipo de declaraciones.

 
Yo oculté durante varios meses que estaba enganchada a Betty la fea (la buena, la original) hasta que dejé de avergonzarme y confesé al mundo mi adicción. Son pequeños secretillos de los que nos avergonzamos sin saber muy bien por qué. Reconozco que con la edad me he hecho más desvergonzada y ya no me da miedo decir abiertamente que el programa de la MTV sobre la boda de Alaska y Mario Vaquerizo me parece lo más (y a quién no se lo parezca no sabe lo que dice).

¿Por qué a veces nos avergüenzan nuestros gustos? ¿Lo bonito no está en la diversidad? Si fuéramos más sinceros quizá encontraríamos mucha más gente como nosotros. Es como la gente que afirma que le gustan los bocadillos de chorizo con chocolate. Todos conocemos a alguien con esta curiosa afición,  por lo que debió haber un pionero que gritó al mundo su raro gusto en materia bocadilleril y tras él se erigió todo un ejército de seguidores.

Otra cosa que intentamos mantener en secreto son nuestras manías, esas costumbres raras que tenemos en la intimidad, como tener que apagar y encender la luz tres veces cuando llegas a casa o cepillarte el pelo 100 veces (ni 99 ni 101) antes de acostarte. Este tipo de manías normalmente se descubren gracias a la convivencia; es una manera de decirle a tu pareja que, efectivamente, como él ya sospechaba, no estás bien de la cabeza.

y tú, ¿tienes algún gusto, manía o secreto inconfesable?

miércoles, 25 de mayo de 2011

Los bollos de mi madre

Llevo una temporada pensando que mi madre quiere cebarme. Eso o que está encantada con su nuevo batidor de masas, porque cada vez que nos vemos aparece con dos enormes bizcochos caseros para que me alimente en condiciones.

Este fin de semana, se me ocurrió la brillante idea de invitar a mis padres a comer a casa y, por supuesto, la visita vino con bollo. Como me da pena que se estropee, me estoy atiborrando de dulce y ganando kilos sin cesar sabiendo que el domingo, en el cumpleaños de mi abuela, también habrá bollos, sobrarán y me “obligarán” a llevármelos a casa. Vuelta a empezar.

Hay dos tipos de madres: las que se pasan la vida diciéndote que no comas tanto que vas a engordar y te crean un complejo tremendo, y las que te por mucho que comas siempre te ven esquelética. La mía es del segundo grupo. Creo que si un día aparezco con tres tallas más me preguntará si me pasa algo, que estoy más delgada. Mi abuela, sin embargo, es sincera como los niños y los borrachos. El otro día se me quedó mirando muy de cerca (es lo que tienen las cataratas) y me dijo que estaba más gorda, así, de repente y sin avisar. Ante mi ofensa, me dijo que eso era bueno, que parecía más “sanota”, pero no me convencieron sus argumentos.

Estoy pensando en decirle a mi madre que he desarrollado una extraña alergia a sus bizcochos, para así poder poner un poco de orden en mi dieta. El problema es que si no puede hacerme bollos optará por otra cosa y puede que se presente con pollos asados y ensaladilla rusa. ¿Por qué todas las madres tienen la necesidad de alimentarnos (o cebarnos)? Sí, es cierto que comemos mal y que mi especialidad culinaria más destacada es el sándwich de jamón y queso…Aún así, he decidido renunciar al bizcocho materno y con ello a la obesidad. Eso sí, tendré que comerme el de chocolate que tengo en casa; no es que quiera, pero sería una pena que se estropeara…

martes, 24 de mayo de 2011

Perturbadores del sueño

Esta noche he recibido la visita de un par de molestos inquilinos que en cuanto hace algo de calor empiezan a proliferar por mi habitación. No sé si será por la orientación de la ventana o por el dulzor de mi sangre pero soy blanco fácil de los mosquitos. Lo curioso es que tenía la ventana y la puerta cerrada y antes de acostarme no había vito ni un solo mosquito pululando por mi habitación. Sin embargo, en cuanto apagué la luz y me tumbé en la cama noté el molesto ssssssshhhh cerca de mi oído. Estaba claro, hasta que no acabara con él no podría dormir.

No sé como los mosquitos son tan tontos que pasan cerca de tu oreja para que les descubras. Yo si fuera un mosquito me agazaparía tras el armario y en cuanto escuchara los primeros ronquidos, saldría con el aguijón en alto para ponerme morado y volver victorioso con el resto de mis compinches. A lo mejor les gusta provocarnos y nos están desafiando con sus vaivenes.

A mí me ha faltado poco para entrar en su juego, así que me he levantado y como una alumna aventajada del señor Miyagi me he subido a la cama dispuesta a cazar al visitante. Con una perfecta postura de la grulla, he esperado a que el mosquito de turno asomara el aguijón y en cuanto lo he visto le he dado tal porrazo que he descolgado media cortina, mientras mi “amigo” salía indemne. Primera batalla perdida. Después de diez minutos buscándolo de nuevo, le he descubierto posado en el techo, lejos de la cama. El muy pilluelo debía saber que con mi escaso 1,59 de altura hay ciertas zonas a las que tengo difícil acceso. Pero como los bajitos nos hemos hecho a nosotros mismos, sabemos vencer estas dificultades y he encontrado el arma perfecta para el ataque: un cojín oscuro (que un mosquito aplastado en un cojín blanco no es muy elegante…).

Con la misma cara que Bardem en No es país para viejos (hay que ver el miedo que da el tío) he cogido carrerilla y he saltado desde el borde de la cama como si fuera a conseguir una medalla, he llegado hasta él y le he encojinado. Yo 1 - Mosquito 0.

Hecha polvo por semejante esfuerzo físico a las 2 de la mañana, pero con la satisfacción del trabajo bien hecho, me he vuelto a acostar dispuesta a dormir como un angelito. Sin embargo, dos minutos después por mi oído ha vuelto a pasar el mismo sssshshhhh. ¿Un aliado buscando venganza? ¿Ha resucitado? Dos duelos a muerte en la misma noche son demasiados para mi, así que le he cedido amablemente mi cama y me he mudado al sofá. Una y no más, esta noche estaré preparada.

viernes, 20 de mayo de 2011

Empresas deportivas

En algunas empresas, como en la mía, se promueve el deporte como método de unión entre los empleados. En mi caso, les ha dado por organizar una especie de mini olimpiadas con categorías de lo más variopintas (hay hasta campeonato de bolos) para que todo el mundo encuentre su hueco. Sobra decir que yo no me he apuntado a nada, no sólo no me apetece hacer deporte sino que me apetece menos aún hacerlo rodeada de compañeros de trabajo. No, gracias.

Ayer en la farmacia, me encontré con un compañero que estaba de baja y con el brazo en cabestrillo, consecuencia de estos encuentros deportivos. Ya lo decía yo, esto tiene que ser como mínimo peligroso. Y es que seguro que más de uno ve en estos partidos la oportunidad de que el compañero pelota pague por sus peloteos, de que el “amigo” del jefe muerda el polvo y de que el de la mesa de al lado, simplemente porque te cae mal, sufra la derrota en sus carnes.

Qué bonita la competición entre compañeros. Yo creo que, más que unir, crea nuevos conflictos. Yo soy extracompetitiva y no me gusta perder ni a las chapas, y precisamente por eso no participo. Me emociono tanto cuando gano y me enfado tanto cuando pierdo que el día post-partido sería muy duro y ninguno de mis compañeros volvería a hablar conmigo, y no están las cosas como para perder amistades…

En el trabajo de mi hermano tienen un equipo de fútbol en el que juegan con jefes y directivos. Pero ¿y si “accidentalmente” le das una dolorosa patada a tu jefe? ¿Lo tendría en cuenta en la revisión de tu sueldo? Otra opción es dejar ganar siempre al equipo del jefe, para que esté contento y animado, pero la competición perdería su gracia, la verdad.

Yo, por si acaso, prefiero no mezclar deporte con trabajo, que a final de mes tengo que pagar el alquiler y si me dejo llevar por mi instinto asesino soy capaz de romper un brazo o cuatro dientes.